Sobrevolando Siberia, Ulan Bator y Genghis Kahn a mi espalda, Beijing un poco más allá. Shanghai parece ya algo casi lejano. Cuatro semanas de inmersión como teamcoach en la nueva China dan para mucho, desde luego.
Lejos quedan los paseos al amanecer para arrancar con energía, lugar de encuentro de vidas cercanas, espacio de descubrimiento de cajas apiladas en las aceras, punto de observación de focos publicitarios y sombras proyectadas sobre el asfalto o de personajes salidos de la penumbra velando con sus escobas naturales por la limpieza del escenario.
Atrás están también las primeras impresiones del skyline de una ciudad construida en escasos años para albergar gigantes con pies de barro, de Ferraris de colorines ocupando la puerta de hoteles de lujo, de rascacielos envidiosos y protagonistas luchando codo con codo por sacarle unos metros a su compañero de al lado, de personajes creados a toda prisa para desempeñar un papel poco creíble. Un resplandor efímero que se iba resquebrajando sometido al desgaste del más leve conflicto cotidiano.
Según transcurrían los días esa sensación de falsa verdad iba en aumento. La seguridad está garantizada en Shanghai por decenas de miles de cámaras, que advierten a fogonazos de su presencia, que controlan cada paso, cada movimiento, cada infracción, cada gesto. Espacio seguro, reglas impuestas, límites infranqueables. En Shanghai no existe la improvisación. El mero hecho de poder hacer algo distinto, algo fuera de cámara, actuar en la trastienda, produce un sentimiento inmediato de zozobra que poco a poco puede llegar a transformarse en verdadero terror.
Así pues, la belleza, la verdad, la bondad son efímeras en Shanghai. Se fragmentan en cuanto aparecen, se contaminan con un halo de oquedad insoportable, se ahogan en una verborrea interminable de palabrería sin sentido.
Alguien me dijo hace unos días que Shanghai es un gran escenario de cartón piedra, un gran Show de Truman, en el que los protagonistas se alimentan de carne seca y beben pequeños sorbos de grandeza impostada, una ciudad fantasma por la que se pasea un emperador que ofrece regalos envenenados y que sólo descubrirá su desnudez una vez se hayan retirado las cámaras.
Puede que sobre Siberia haya encontrado ya la puerta de salida, vuelven el Doctor Zhivago, Miguel Strogoff y Marco Polo. Me miran con semblante serio y señalan todos en la misma dirección. Un poco más allá está Helsinki y después, cruzando Europa de norte a sur, por fin, Madrid.
Vuelo de Iberia IB 6888 Shanghai-Madrid, 7-4-2019