No sé muy bien si Calcuta vive en la India o la India habita en Calcuta, lo que si sé es que en Calcuta la gente existe en la calle. Desde la calle nos llama el muecín a la oración del amanecer, desde la calle se introduce en nuestras vidas sin pedir permiso. De forma intensiva nos grita su mensaje y nos despierta a la vida de Calcuta.
A las puertas del hotel, en la calle, nos recuerdan dos hombres que duermen cerca del rellano que la intimidad no existe en Calcuta. Sobre el asfalto de la calle de Calcuta nos recuerdan los tuc-tucs a pitidos que vivimos en un espacio prestado, que deambulamos por un territorio incierto y desconocido.
La calle en Calcuta huele a abandono, huele a especias que esparce un hombre sonriente en una sartén, huele a basura que todos y cada uno tiran a la puerta de su vecino, huele a perros buscando comida entre los desperdicios, huele a piel enjabonada lista para ponerse debajo de un caño público. Pero en Calcuta también huele a vida, la vida de una niña en uniforme verde y coletas cogida de la mano de su madre, la vida de un cuervo brillante que revolotea sobre un camión de colores, la vida de un recién nacido que nace en la calle e inspira con fuerza su primer aire contaminado, la vida que se escapa entre las grietas de un tren en marcha.
En Calcuta la falsedad no existe, en la calle de Calcuta la falsedad se diluye como agua cristalina en un charco que rezuma suciedad y bacterias.
En Calcuta el orden y el caos conviven sin levantarse la voz, con profundo respeto el uno por el otro, conviven en una pared medio derruída, en la que sobresalen ladrillos etiquetados con su nombre, conviven en un montón de escombros apilados junto a una pared de mármol, conviven en definitiva en cualquiera con valor para recorrer sus calles.
Calcuta es entonces la India y la India, Calcuta.