Durante las tres sesiones de Coaching anteriores al cinco de febrero de 2016 había definido un objetivo basado en mi Mandala y lo había reformulado en términos productivos. El objetivo registrado en la primera sesión era: “Llegar a Australia antes del día 28/11/2016”. En la segunda sesión, al reformular el objetivo me había percatado de que el objetivo era no dependía sólo de mi, dependía de terceras personas. Reconocer ese mínimo detalle supuso para mi realizar un aprendizaje transformacional de tercer nivel que cambio mi vida de forma radical a partir de ese momento. Es como cuando Urtain se dio cuenta que la bombilla no se encendía, pero al revés. En mi caso se encendió. Era el día 23 de enero de 2016. Para la tercera sesión, una semana después, ya sabía lo que quería hacer para esmartizar el objetivo. Mi proceso me había llevado a decidir eliminar cualquier tipo de vínculo con esa persona de la que dependía la consecución de mi objetivo vital. Así de sencillo y así de complejo a la vez. Esa decisión tenía una derivada: consistía en que ya no me quería ir físicamente a Australia, porque eso no lo consideraba positivo para mis hijos. Así qué había que buscar una solución y la encontré, era muy sencillo. Australia no era un continente físico, Australia era una visión, la visión de mi vida. Una metáfora muy bella de lo que quería que fuese mi vida. Lo curioso es que estaba escrito en el Mandala de mi vida. Australia es libertad, es independencia, es diversidad, son espacios de amplitud casi inabordable. También es acción, mucha acción y movimiento. Pero a la vez Australia es introspección, meditación, es encontrar y sumirse en un océano de tranquilidad y de posibilidades cuánticas infinitas. Es una sonrisa en los ojos o en la boca de alguien, una sonrisa que significa respeto. Es en definitiva respetarse a si mismo, eso es Australia. Es el deseo del alma.
Todo eso y mucho más estaba escrito en mi Mandala y en esos días mágicos lo comprendí, algo muy profundo cambió en mí. Me deshice de cadenas y superé obstáculos. Y ahí quedó ese espacio de libertad en mí. Ahí está Australia en el barrio de Chamberí, o en cualquier otro sitio donde quiera que vaya. Se abre ahora un universo de posibilidades infinitas, ha quedado un espacio vacío y comienza una fase de expansión vertiginosa para llenarlo de nuevos proyectos vitales, en lo laboral, en lo personal, en lo social Esta fase es creatividad sin límites en todos los sentidos, todo fluye y encaja a la perfección. Es una sensación única. Estoy en movimiento fluyendo con la vida y el universo. Heráclito tenía razón, y Nietzsche, y Weidegger y Echeverría. Bastaba con salir de la cárcel metafísica y dejar de ser víctima y convertirse en responsable. Una experiencia única y muy saludable. Una experiencia por la que debería pasar cualquier ser humano.
La sesión de cuerpo y emoción del cinco de febrero de 2016 resulto ser la fiesta de celebración de mi llegada a Australia. Me llevé una bolsa de playa con ropa para sentirme australiano. Bañador, toalla, camiseta, sombrero y chanclas. Y celebré con mis compañeros de viaje mi llegada al continente de la libertad. Lo hice con un despliegue de movimientos y emociones como nunca había vivido o sentido. Lo hice mirándole a los ojos a una persona especial durante un espacio en el que no existía el tiempo. Sentía la sonrisa de esos ojos, su cariño y dulzura, su respeto absoluto por lo que yo soy en esencia. Y ahí permanecía con la mirada fija en esos sus ojos, en esa su sonrisa, en ese corazón de alguien que generosamente me ofrecía que le mirase dentro del alma y que confiaba en mí. Yo a su vez le ofrecía la mía y confiaba en ella. Estaba en Australia, sin ningún género de dudas. Luego con la música me puse en acción y baile, viví, sentí y me emocioné como si estuviese en el paraíso, no se si terrenal o divino. La verdad es que no me importa. Me arraigué a la tierra y me desarraigué reptando por la superficie de una oficina del barrio de Salamanca, floté en el agua y me deje llevar por las corrientes de una España poblada de víctimas que no saben a donde quieren ir, despegué y surqué el aire a velocidad de crucero para ver la tierra y el agua desde un lugar privilegiado. Y finalmente quemé mis miedos, mis dependencias, mis demonios internos, mis enfermedades, mi antiguo YO y mi EGO en un fuego intenso y purificador de vida y existencia pura y divina. Como un Ave Fénix que abre sus alas para volar hacia una nueva existencia. Me encontraba exhausto, como lo está un ser humano después de su nacimiento, pero a la vez con unas ganas de vivir y una energía creativa infinitas. Gracias Australia.